La negritud en el escenario: Carteles del teatro y del cine afroamericanos
En 1940, Langston Hughes escribiría su poema «Note on Commercial Theatre» (Nota sobre el teatro comercial), el cual empezaba con los siguientes versos: «Ustedes se llevaron mis blues y se fueron… / Y los cantan en Broadway / Y lo cantan en Hollywood / Y los mezclan con sinfonías / Y los arreglan / para que no suenen como yo. / Síp, ustedes se llevaron mis blues y se fueron». La conmovedora frustración de estas palabras era en reacción a la persistente invisibilización del talento creativo afroamericano, tanto en el teatro como en el cine, en el siglo XX. Las palabras de Hughes reflejan una larga y dolorosa historia tanto de exclusión como de apropiación, en la que personas del mundo escenográfico afroamericano fueron marginalizadas por las mismas industrias que lucraban de su talento artístico, a la vez que distorsionaban y cooptaban su trabajo.
A partir de la década de 1880, artistas afrodescendientes intentaron contrarrestar los estereotipos deshumanizantes y perniciosos utilizados para retratar a personajes en el escenario, con el afán de narrar historias centradas en las personas negras. Los espectáculos comenzaron a promocionar «All Colored Revues» (Revistas musicales compuestas íntegramente por un elenco negro) para indicar que el reparto era de artistas afrodescendientes —en lugar de personas blancas con la cara pintada de negro (blackface)— y que estos espectáculos tenían como objetivo crear narrativas en torno a la percepción de sus experiencias vividas. Aunque a veces imperfectas e, incluso, de un prejuicio patente, representaban una forma significativa de la expresión cultural afroamericana en desarrollo. Quienes escribían obras de teatro y componían música también ampliaron la representación de la población afrodescendiente en el escenario, añadiendo una dimensión emocional más profunda y una mayor variedad de perspectivas. A lo que las películas fueron sustituyendo gradualmente al teatro como la forma de entretenimiento más popular, en la década de 1920, llegarían a un público más amplio e introdujeron narrativas que ponían de manifiesto las habilidades y el talento narrativo de sus «All Colored Revues».
Dado que las funciones teatrales rara vez eran grabadas y muchas de las películas con un reparto exclusivamente negro hoy se consideran «películas perdidas» (películas de las que no se conserva ni una sola copia), los carteles publicitarios suelen ser el único remanente de las producciones más importantes protagonizadas por actrices y actores afroestadounidenses entre las décadas de 1870 y 1940. Los carteles de esta exposición nos permiten reflexionar sobre la transferencia y transformación de las narrativas afroamericanas durante esta transición del teatro a la pantalla grande. También son testimonio de la innovación histórica de artistas y agentes que impulsaron guiones, composiciones, dirección y producción artísticos para un reparto afrodescendiente y que buscaban representar la vida y experiencias orientadas hacia una audiencia afrodescendiente, a través de sus propias perspectivas creativas.
Esta exposición contiene imágenes y lenguaje racistas que pueden resultar ofensivos y perturbadores.
Todos los carteles forman parte de la Colección Permanente de Poster House, a menos que se indique lo contrario. Esta exposición no habría sido posible sin la generosa contribución de The Black Canon Collection en Detroit, Míchigan.
Poster House reutiliza en lo posible materiales de exposiciones anteriores para impulsar prácticas sostenibles.
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El texto con letra grande, la traducción al español y un resumen en lectura fácil están disponibles a través del código QR y en atención al público.
El escenario
Los espectáculos juglarescos de minstrel surgieron a principios del siglo XIX como una forma de entretenimiento en los Estados Unidos, en los que un elenco blanco representaba estereotipos raciales negativos de la población afroamericana, usurpando y exagerando sus gestos y lenguaje. Los espectáculos adoptaban una serie de arquetipos de hombres y mujeres afrodescendientes, a quienes representaban como gente perezosa, bufona y libidinosa —todo esto para reafirmar la idea de que la esclavitud había sido beneficiosa para la población negra, quienes de otra manera no hubiesen podido contribuir de manera significativa a la nación.
En 1828, el actor y dramaturgo blanco Thomas Dartmouth «Daddy» Rice daría origen a la forma más popular y común del minstrelsy, enriqueciéndose con su exitosa y racista interpretación del personaje «negro» Jim Crow. La interpretación de Rice, y la de mucha otra gente del espectáculo inspirada en él, crearía caracterizaciones estereotipadas y perjudiciales de las personas esclavizadas y de la población afroamericana en general, quienes no tenían control sobre cómo su identidad cultural en desarrollo era interpretada. Dado que desde finales del siglo XIX, el teatro de vodevil se había convertido en una de las formas de entretenimiento más populares en los EE. UU., estas primeras interpretaciones de la población negra se convirtieron en las principales representaciones de la vida y cultura afroamericanas. A medida que se hacían adaptaciones para el teatro de las novelas más relevantes de la época, La cabaña del tío Tom (1852) de Harriet Beecher Stowe, un éxito de ventas a nivel nacional, se convertiría rápidamente en la narrativa más dominante sobre la cultura y personas afroestadounidenses. Si bien se trataba de una obra contra la esclavitud, los estereotipos generalizados de la novela proporcionaron el marco equivocado para su escenificación racializada en el teatro, lo que tendría un impacto negativo y duradero en cómo el público blanco conceptualizaba la negritud.